Hay una pregunta que me gusta hacerle a la gente de vez en cuando, que es: ¿cuándo dejaste de jugar con juguetes? Y es que jugar con juguetes tenía algo muy creativo y que me sigue fascinando a día de hoy: el acto de jugar con muñecos era una expresión creativa en si misma. Se formaban tramas que podían haber sido construidas durante meses o años y, en mi caso, hasta cuando los muñecos se rompían total o parcialmente hacía que eso formase parte de la trama. Tenía un Treecko, de esos que venían dentro de una PokéBall de plástico con caramelos dentro, al que un día se le cayó la cola y ,dentro de la mitología que había formado con mis juguetes, la había perdido en una gran batalla por la que, desde entonces, fue recordado como el valiente héroe Treecko, que perdió incluso la cola derrotando al mal. Tuve mucha suerte de pequeño y todas las navidades me regalaban un set nuevo de los Dragons de MegaBlocks, juguetes que aún a día de hoy me siguen pareciendo una genialidad y que me daban material interminable para jugar, sobre todo combinándolos con el resto de mis juguetes (Luego llegó la crisis del 2008 y, bueno, os podréis imaginar).
Y es que el acto de jugar llega a parecer como algo místico, algo que la gente siempre recuerda con una sonrisa en la cara, casi catártico. Recuerdo que mi madre me había dado un móvil Siemens viejo para jugar con él, solía echar partidas al Snake y a un juegazo de mazmorras llamado Wappo, aunque lo que más utilicé de ese teléfono fue, sin lugar a dudas, la grabadora de voz. Mientras que con mis juguetes tenía aventuras de corte fantástico, con un formato como el que tenían las series de dibujos, con los peluches creé un programa de radio, un poco friki, que grababa con el móvil. Se llamaba Televidentes y era un programa de entrevistas, basado casi en su totalidad en el programa de Buenafuente, en el que hablaba con mis peluches y llevaba invitados tales como el Rey Juan Carlos, Punset y otras celebridades del momento que sabía imitar más o menos (ya dije que era un poco friki), además de personajes propios que por desgracia no recuerdo. Es algo a lo que le tengo mucho cariño y me fliparía seguir teniendo, pero por desgracia el cargador de ese móvil se perdió en la noche de los tiempos y tampoco recuerdo el pin de la SIM que llevaba, que ya entonces era más vieja que Cristo.
Varios amigos hacían cómics de pequeños, otros creaban grupos de música medio inventados y escribían historias tontas entre ellos que subían a un blog y otros cuantos simplemente jugaban dibujando. Jugar es el acto creativo por antonomasia y, en el mundo que nos ha tocado vivir, es casi un acto revolucionario. Muchas de esas prácticas que hacíamos jugando pudieron perdurar en el tiempo, los amigos que subían sus historias al blog estuvieron haciéndolo desde la primaria hasta mediados de la secundaria y otra mucha gente que dibujaba, como un acto comprendido dentro del juego, a día de hoy son artistas por ello. Aquí estoy yo, que de vez en cuando sigo escribiendo historias para mí mismo y creando mundos como hacía cuando era un niño y me ponía delante del ordenador o le iba narrando a mi madre para que escribiera mis historias porque yo aún no sabía manejar bien un teclado. Aún queremos jugar, aunque ya no lo llamemos así.
Soy incapaz de desvincular todo lo que fui escribiendo o intentando escribir en tiempos más recientes con las historias épicas que me montaba yo solo con los juguetes, con los programas de Televidentes que siempre acaban con el invitado de turno enfadado y marchándose del estudio o con los cuentos que escribía en el Word en el primer ordenador que tuvimos. Y me es imposible desvincularlo porque sigue siendo lo mismo, sigue siendo en gran parte un juego aunque lo queramos pintar como un acto serio y más gris de lo que realmente es. Y no voy empezar a echar mierda sobre el capitalismo como suelo hacer siempre, sino que es a la profesionalización y al exceso de pretensión a quien se la echo, a gafapastadas como los conceptos de arte elevado que pretenden separar el juego del arte y darle una capa de pintura beige a la creatividad, como haría una señora de mediana edad con un mueble de madera. Y no quiero decir que todo proceso artístico sea un juego, porque el cuerpo me sigue pidiendo escribir poesía cuando estoy triste o enamorado y hay gente que trabaja con ello (no saques el tema del capitalismo, no saques el tema del capitalismo...), pero sí que creo que todo proceso creativo lo es en mayor o menor medida y siento que querer separar estos dos conceptos en su totalidad es una aberración. Y para terminar, hay una cosa que me resulta muy graciosa, que es rehusar seguir elaborando y poner _fin_ abruptamente al final de un texto como lo haría un niño, el acabar in media res me parece algo espectacular, muy potente y con una intencionalidad manifiesta, así que:
Fin.